Idella Purnell: La gringa más tapatía
Historia 017

En la inauguración de la Universidad de Guadalajara, en medio de una mayoría de hombres, entre trajes oscuros, destaca una joven figura femenina vestida de pies a cabeza con tonos claros. Se trata de Idella Purnell, que con tan sólo 24 años fue nombrada por la Universidad de California como su representante oficial ante tan magno evento.
Pionera en un mundo dominado por hombres, no advirtió las implicaciones de tal encargo. El día del evento, 12 de octubre de 1925, en pleno desarrollo de las formalidades de inauguración, le fue advertido por el propio Gobernador Zuno, que al igual que el resto de representantes de las Universidades de París, Salamanca y la de México ahí presentes, se esperaba que ella también diera algunas palabras. Como ella misma recuperó en un texto enviado en 1965 a la Revista de la Universidad de Guadalajara para conmemorar el 40 Aniversario de la fundación, ante la premura y sorpresa, y luego de escuchar discursos largos y en idiomas extranjeros, el suyo fue más bien breve.

Su designación, aunque pudiera resultar extraña, respondía a motivos más profundos que sólo a la fortuita conveniencia de tratarse de una egresada de esta Universidad madrina, que además residía en la ciudad de Guadalajara. Pues, aunque de padres norteamericanos, ella había nacido en esta ciudad, lo que le llevó a tenerle un gran cariño y más aún, a entablar gran amistad con Enrique Díaz de León y José Guadalupe Zuno. Con lo que se convirtió fácilmente en una gran promotora no sólo del naciente proyecto universitario, sino incluso de Guadalajara y sus alrededores. Razón por la que algunos años más tarde, se convertiría también en la Directora de los Cursos de Verano que la Universidad de Guadalajara implementó el año de 1932.
De acuerdo con la investigadora Ángela Kennedy, aunque desde 1925 se comenzaron a plantear intercambios académicos con otras instituciones de educación superior en el extranjero, la movilidad estudiantil dentro de la Universidad de Guadalajara había sido mayormente en dirección hacia las universidades estadounidenses. Sin embargo, marcado por un impulso imperialista y con el fin de conocer mejor la región, hacia la década de 1930, diversos organismos, tales como la Fundación Guggenheim, comenzaron a destinar grandes incentivos para realizar estudios o estancias de investigación en los países latinoamericanos. En este contexto, los cursos de verano para extranjeros fueron una tendencia dentro de varias instituciones de educación superior, e incluso formaron parte de una política educativa con importancia estratégica en las relaciones con Estados Unidos para varios países.
Tal como lo ha recuperado Kennedy, en nuestro país la Universidad Nacional de México fue uno de los primeros centros de estudios superiores en ofrecer una propuesta educativa para extranjeros, con enfoque en los estadounidenses. En julio de 1921 abrió el primer ciclo que incluía estudios de lengua y literatura españolas e historia y arte de México, y parece que estos llegaron a cultivar muy buena fama, pues en febrero de 1931, Louise H. Madsen de Berkeley, California escribió al secretario de la Universidad de Guadalajara preguntándole si existía en la institución una escuela de verano semejante a la de la Universidad Nacional de México. Aunque en ese momento la respuesta fue que no, Kennedy señala que la idea ya se venía cocinando desde marzo de 1930, cuando el entonces rector de la Universidad Juan Campos Kunhardt, propuso su creación para que los jóvenes estudiantes pudieran abonar las clases que debían, además de poder ofertar pequeños cursos sobre distintas materias a los residentes de la ciudad o a sus visitantes. Sin embargo, esto no se concretaría sino hasta el 12 de diciembre de 1931, cuando el rector Enrique Díaz de León nombró a Idella Purnell Directora de los “Cursos de Verano” que pretendía iniciar el siguiente año la Universidad de Guadalajara.

Con poco personal en dominio del idioma inglés y con aún menos presupuesto a su disposición, echando mano de su amplia cartera de amigos y afilada inteligencia, Purnell gestionó importantes relaciones académicas e internacionales a nombre de la Universidad de Guadalajara: consiguió que la Universidad de California diera reconocimiento oficial a los créditos obtenidos en los cursos. Además estableció contacto con la Secretaría de Relaciones Exteriores para solicitar que los consulados mexicanos en Estados Unidos apoyaran con la difusión de los cursos; con el Comité de Turismo para que la respaldara ante el Consejo Directivo de los Ferrocarriles Nacionales y la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, para obtener cuotas especiales para estudiantes estadounidenses que viajaran en trayecto directo a Guadalajara; con el Departamento de Inmigración con la intención de facilitar la entrada de los profesores estadounidenses invitados a impartir cursos; así como con diversos medios de Estados Unidos y de México que ayudaron a difundir la noticia y las bondades de la cultura mexicana.
En un primer momento, los cursos aspiraban a cubrir una amplia variedad de temáticas que iban desde la jurisprudencia, la filología, la arquitectura o la arqueología; pasando por náhuatl, la cerámica jalisciense o las industrias mexicanas. Se contemplaba un nutrido bloque de materias que abordaban estudios comparativos entre México y Estados Unidos, o profundizaban en la problemática social y educativa del país. E incluso se consideraban actividades deportivas y sociales como excursiones, tiro al blanco, conciertos o fiestas. Sin embargo, al final el programa de los cursos de verano quedó conformado en su mayoría por las materias de idioma: español, inglés y francés; o la revisión de literatura española y mexicana. También se impartieron cursos de psicología, sociología y geología; así como de música, historia, arte y folklore de México. Destacando la participación de muchos personajes universitarios, como el propio José Guadalupe Zuno, Agustín Basave, Severo Díaz Galindo, Adela Vázquez Schiaffino, así como la misma Purnell.

A pesar de los muchos contratiempos que se tuvieron para arrancar los cursos en las fechas anunciadas, primero por el retraso de los impresos para darles difusión; luego por el estallido de una huelga ferrocarrilera que impediría el traslado de los interesados; e incluso por el temor de réplicas ante el gran temblor que se suscitó ese año en la ciudad de Colima. Estos finalmente se llevaron a cabo en el Aula Magna de la Escuela Preparatoria de Jalisco, con costos que variaba entre los 2 pesos y los 35 dólares. Y aunque Ángela Kennedy señala que la mayoría eran tapatíos o extranjeros radicados en Guadalajara, se puede suponer el éxito de esta empresa con la participación total de 240 estudiantes, según informó Idella al General Abelardo Rodríguez, Presidente de la República, al solicitarle una subvención que le permitiera a la Universidad poder continuar con el proyecto en los años venideros; sin embargo, la experiencia no se repetiría sino hasta finales de la década de 1950.
Hacia fines de aquel año de 1932, y tan solo un año después de que “las becas Guggenheim abrieran un comité de selección en nuestro país, convirtiéndolo en el primero de Latinoamérica con la posibilidad de optar por una estancia académica patrocinada por dicha beca” (Kennedy, 2024, pág. 24); Idella Purnell la solicitó para llevar a cabo una investigación y una novela en torno a la vida y tradiciones de las culturas de la ribera del lago Chapala. Aunque parece que ésta tampoco le fue concedida. A pesar de todo ello, Idella siguió viviendo en nuestra ciudad durante algunos años más, editando desde aquí su propia revista sobre poesía (Palms) y publicando diversos cuentos y hasta recetarios en los que retomaba las tradiciones y el folklore mexicanos; y mantuvo una cercana amistad tanto con José Guadalupe Zuno, como con la Universidad de Guadalajara, como lo atestiguan los documentos que se preservan en el Archivo Histórico de la institución.
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